Solución por problemas

Como siempre, prefiero dar aquí unas simples pistas para terminar la aventura que la solución completa a base de comandos. Esto permite que el aventurero pueda resolver un atasco puntual y probablemente terminar la aventura por sí solo.

Primera parte

  1. ¿Qué hago en Beil?
    Debes hablar con la elfa, recoger al hoeg, conseguir el hacha y conseguir un barco.
  2. ¿Cómo hablo con la elfa?
    1. decir a elfa "hola"
    2. Dile "hola", y dile que eres "ged" y tu maestro "ogion", el resto sale solo.
    3. Ella te conducirá a quien sabe cuál es la isla donde están los elfos.
    4. Es Gont.
  3. ¿Donde está el hoeg?
    1. Al sur del bosque.
    2. Debes darle algo de alimento.
    3. Por ejemplo. queso.
    4. Que encontrarás cerca del puerto.
    5. Dentro del telar.
  4. ¿Cómo consigo un barco?
    1. Nadie te querrá atender en el puerto.
    2. Habla con el capitán en la cantina.
    3. El perro no será problema con el hoeg.
    4. El capitán quiere dinero.
    5. Que podrás conseguir dándole un cubo de agua al caballo en los establos al norte.
    6. ¿El cubo? ... ¡está en el puerto!
    7. ¿El agua? ... en el pozo, al suroeste del pueblo.
    8. El pago del agua ... debes ayudar a un ladronzuelo a escapar, en el telar. Te dará algo valioso ... que el capitán no aceptará, pero sí el del pozo.
  5. ¿Qué hago dentro del barco?
    1. examina la cama
    2. llévate el huesecillo contigo.
    3. espera.
  6. ¿Cómo consigo un hacha?
    1. El hacha lo encontrarás entre la gente que se pega en la cantina.
    2. Así que .... entra en la cantina.
    3. Espera.
  7. ¿Cómo salgo de la bodega?
    1. Dile al hoeg que te desate
    2. decir a hoeg "desatame"
    3. COGE LAS CUERDAS QUE TE APRISIONABAN Y LLEVATELAS CONTIGO
    4. Abre la puerta con el huesecillo que encontraste en la cama del camarote del capitán de tu embarcación original.
    5. Mata al pirata con el hacha
    6. ¡¿Que no tienes el hacha!? ¡Maldición! ... tendrás que volver a empezar.
  8. ¿Qué hago en el barco pirata?
    1. Vete al este, y cántale al marino para conseguir la antorcha
    2. Necesitarás algo para encenderla, dentro de un fiambre ...
    3. La tiene el pirata que te vigilaba.
    4. Entra en el dormitorio del capi y coge la llave
    5. Cierra con llave la puerta de la bodega de la tripulación
    6. Vuelve al camarote, espera, decir a capitan "gont" ...
  9. ¿Qué hago en la isla?
    1. Sigue el mapa y llégate hasta el claro con la piedra.
    2. Empuja la roca.
    3. Al oeste, hay otro claro.
    4. Ata la cuerda a la roca ( ¡qué no tienes la cuerda! ... la tenías en el barco ... vuelve a empezar ... )
    5. desciende, coge los polvos y sube ... ¡rápido!
    6. al este, echa los polvos en el río.
    7. echar polvos en rio
    8. Cruza el río, y pon la gema donde falta.

Segunda parte

  1. ¿Qué es lo primero que debo hacer?
    Lo primero de todo, desnúdate completamente.
  2. ¿Qué debo hacer en esta isla?
    1. Hacer que el de la barca (Gebbet) te acompañe.
    2. Conseguir un remo.
    3. Navegar en la barca del Gebbet.
    4. Encontrar al dragón
    5. Acabar con la sombra.
  3. ¿Cómo consigo que el Gebbet me acompañe?
    1. En el extremo este, hay un árbol.
    2. "mover rama"
    3. Recoge el fruto.
    4. Dáselo al bicho.
  4. ¿Cómo consigo el remo?
    1. Buena pregunta.
    2. ¿Has visto el mango por ahí tirado? Pues no sirve.
    3. Pero debes cogerlo.
    4. Igual que el palo encontrado en el camino al sur paralelo al camino del árbol.
    5. Y atar ambos.
    6. Con la cuerda que encontraste camino del árbol.
    7. Y cavar con "eso" en la localidad donde encontraste el mango, hasta encontrar el pergamino.
    8. Que el Gebbet te lo lea.
    9. La pared está al oeste.
    10. Símplemente teclea la palabra en esa localidad.
    11. aldari
    12. El remo está dentro del armario, hombre.
  5. ¿Cómo emprendo la marcha en la barca?
    1. Súbete a la barca.
    2. Dile a linhir que corte las amarras
    3. di linhir "cortar cuerda"
    4. Dale el remo al gebbet. Si lo rechaza, dáselo de nuevo.
    5. dile al gebbet que reme.
  6. ¿Cómo encuentro al dragón?
    1. Consiguiendo la armadura.
    2. Yendo al norte y "moviendo" la manivela.
    3. Cruza al norte y el resto es casi "volar".
  7. ¿Cómo consigo la armadura?
    1. Al oeste hay un pajar que tiene algo escondido.
    2. Una trampilla.
    3. Abajo hay una herradura de oro.
    4. Vete a la localidad de la armadura, al este.
    5. Pon la herradura en el cuenco del altar.
    6. Ponte la armadura.
  8. ¿Cómo acabo con la sombra?
    1. Habla con el dragón.
    2. Eres Ged.
    3. Tu maestro era Ogion.
    4. El nombre de la sombra es "noigo"
    5. El dragón te llevará al limbo.
    6. En cuanto aparezcas allí, introduce noigo.

Solución Novelada

¡En menudo lío me había metido el viejales!. Resulta que el mago que me daba trabajo, Ogion, había liberado a una bestia que él llamaba la sombra. Que tenía que avisar a los elfos de Maroland. Que el futuro de la tierra estaba en mis manos. En fin. Le dije que lo haría, que iría hasta Beil para buscar un transporte que me llevase a la isla de los Elfos, (de la cuál, por cierto, ni siquiera sabía el nombre). Entonces desapareció en una nube de humo. Qué bien. Cogí mis pocos bártulos, un pergamino que el mago había dicho que debía llevar y me embarqué en esta aventura. Desde luego, por tres piezas de oro a la semana y un poco de comida al día, que tenga uno que salvar al mundo ...

Pronto me dí cuenta de que el pergamino era alucinante, pues me permitía saber dónde están todas las islas. Eso sí, ninguna indicación de dónde estaba la isla de los elfos. Vaya, hombre. Aterricé en Beil, como quien dice, habiendo acabado con todas mis reservas económicas. Vamos que tenía el susodicho pergamino. ¡Ah!, y una camisa. ¡Poca ayuda, para tan magna empresa!.

Como buen ex-ladrón, decidí que lo mejor sería empezar a explorar la taberna. Lo cierto es que fue una pésima idea, ya que había un perro enorme que debió sentirse ofendido por mi presencia y que casi me hace un ombligo nuevo. Lo bueno es que me ayudó a organizar mis prioridades.

Me dirigí hacia el este de la ciudad. Allí encontré un embarcadero. Bajé a él, para encontrarme con la dura realidad: resulta que después de haber aprendido cuatro cosas, de manera que ningún mago me aceptaría entre ellos, era también repudiado por la gente de a pie. Ironías del destino. Volví a subir, no sin antes percatarme de un cubo que había allí, cogiéndolo por si me hacía falta, y me fijé en un telar abandonado. Entré como pude pensando que podría encontrar algo útil en su interior, y, ... ¡sorpresa!, descubrí un trozo de queso en el telar medio podrido. La verdad es que me moría de hambre, pero pensé que era mejor dejar la comida para otro momento.

Salí del telar abandonado para encontrarme con una chica. Era preciosa. Y macizorra, para qué negarlo, así que intenté ligar con ella, pero nunca se me ha dado bien, así que empecé con un torpe "hola". La chica mostró interés, de manera que me presenté orgullosamente tratando de disimular los zurcidos de mi camisa. Le dije mi nombre, "Soy Ged", concretamente, y resulta que todo su interés venía de haberme visto con el mago Ogion. Estaba un poco decepcionado, lo admito, pero por otra parte, parecía que por fin podría obtener algún dato significativo sobre la isla en la que vivían los elfos actualmente. Anya (que así se llamaba la elfa, ... por que resultó ser elfa, ¡por cierto! ... ), me guió hasta su casa (un suntuoso palacio al oeste del pueblo, que yo todavía no había visto), donde su padre (todo un mago elfo) por fin desveló mis dudas. La buena noticia era que para acabar con la sombra, necesitaría sólo saber su nombre. La mala noticia es que el mago no sabía tal nombre. Había otra buena noticia, y es que por fin sabía que dónde se ocultaban los elfos: en la isla de Gont.

Merodeando por el pueblo, volví a la zona del telar para ver como un ladrón se metía en él. Al momento, otro hombre, muy, muy enfadado, me preguntba rudamente que si había visto al ladrón. Le dije que no, ya que, pobre y ex-ladrón como era yo, me sentía hermanado con aquel desgraciado. Me metí en el telar, para encontrarme con un tal Latro, compañero de profesión, como ya sospechaba. Mi aspecto debía de ser penoso, pues me entregó parte de su botín (¡una perla!) y se marchó agradeciéndome mi ayuda.

Entonces me dirigí al bosque. En el bosque, examinando una rama, ví que había un "hoeg" en ella. La verdad es que no tenía ni idea de qué era un hoeg, pero me hacía mucha gracia. Recordé haber cogido el queso en el telar, y, pese a los gruñidos de mi estómago, se lo dí. ¡Y conseguí que se me posara en el hombro!. A partir de entonces, me acompañó a todas partes.

Descubrí un sitio en el que no había estado antes: los establos. Allí, no pude evitar fijarme en un corcel sediento. Creí entonces que la providencia me había otorgado aquel cubo, así que busqué una fuente de agua, que encontré en forma de pozo más allá del palacio de Anya. Por un simple cubo de agua me pedía dinero, el muy rácano, así que no tuve más remedio (¡sigh!) que entregar la perla. Pero eso sí, pude volver al establo y dejar allí el cubo lleno de agua para que el rocín bebiera.

Dicen que las buenas acciones no quedan sin recompensa, si bien en mi caso es un dicho que acojo con cierto escepticismo tras una vida llena de penalidades (imagínate ... ¡acabé de aprendiz de mago!). Esta vez el dicho se cumplió y el dueño, habiéndome observado abrevando a su caballo, me regaló una valiosa moneda de mithril.

Esta vez sí, creí que era un buen momento para ir a la taberna y buscar a un marino que sí estuviera dispuesto a llevarme (puesto que a estas alturas ya estaba claro que los honrados y decentes no iban a hacerlo). Me llegué hasta allí, deshaciéndose del perro el simpático animalillo al que había alimentado con un poco de queso. Muy majo, el bicho. Allí me dí cuenta de que aquel era el lugar exacto donde encontraría a quien pudiera llevarme: piratas, maleantes de todas clases. Tras un rato observando la pintoresca escena de la taberna, se produjo una de esas típicas peleas en aquellos lugares, cayendo un hacha (sí, sí, un hacha) a mis pies. Resolví cogerlo para cuando tuviera necesidad.

Hablé con uno de aquellos corsarios. Lo cierto es que no fue demasiado comunicativo, ya que con darle la moneda se aprestó a partir, Ni siquiera parecía importarle demasiado el destino. Le seguí por las calles de Beil hasta los muelles, y allí embarqué, escondiéndome en el camarote del capitán por requierimiento del mismo.

No puedo evitar ser curioso, y rebuscando por la cama del capitán encontré un hueso de rata. "La verdad es que este capitán es un poquito guarro", pensé. Un estruendo en cubierta me devolvió a la realidad. ¡Estaban asaltando el barco!. Pronto los piratas se hicieron con el control del navío, y gritándome palabras (soeces, seguro), que yo no comprendía, me maniataron y me metieron en la bodega de su barco. Eso sí, cosa curiosa, no me quitaron ni el hacha ni el hoeg, quien se metió valientemente en un bolsillo de mi camisa.

Tras lamentarme profusa y gráficamente de mi mala suerte, decidí que tenía que escapar, y a tal efecto, le dije al Hoeg que me cortara las cuerdas. No sé cómo lo entendió, pero el hoeg lo hizo, obedientemente. El bicho empezaba a caerme simpático. Por si acaso, me llevé la cuerda conmigo.

Tenía el problema de abrir la puerta, pero eso lo solucioné con el hueso de rata, hueso que tiré con asco deseando no tener que volver a utilizarlo. Salí de la estancia y me encontré con el carcelero, traspuesto. Sin demasiadas contemplaciones, le dediqué una tonadilla al ritmo al que el filo de mi hacha hendía el aire para estrellarse en su pellejo. Como buen ladrón (hay costumbres que nunca se pierden), registré su cadáver para encontrarme con un chisquero que pensé quizás pudiera serme útil más adelante.

Con el hacha todavía goteando subí a cubierta. Subí a la toldilla, dispuesto a amenazar de muerte al piloto y que me llevase hasta Gont. Lo cierto es que el piloto no se dejaba afectar demasiado visiblemente por mis amenazas, por decirlo de alguna manera, por lo que concluí que era sordo. Me apresté a acabar con su miserable vida de un tajo de mi hacha, pero entonces, haciendo una finta, me esquivó, como si hubiera sabido que yo estaba allí desde el principio, para ignorarme inmediatamente después. Decidí que aquello era demasiado exótico para mí y bajé de la toldilla, buscando otra forma de dirigir el barco a Gont.

Me fuí al otro lado de la cubierta, donde departí con un melancólico marino que buscaba un poco de compañía. Incluso canté para él una tonadilla popular, lo cuál debía ser un tanto chocante con el hacha chorreando sangre en las manos. El hombre se volvió loco, pues no se entiende de otra forma que me regalara una antorcha cual valioso tesoro y se tirase por la borda acto seguido. Decidí que debía eliminar definitivamente mis habilidades para el canto de mi lista de virtudes.

Volví a la altura de donde había salido de mi encierro, en la cubierta, y decidí encender la antorcha con el chisquero y meterme en el camarote del capitán, rogando por que no estuviera allí. Tuve mucha suerte, pues entré sin ser visto y sustraje una llave.

Dispuesto a hacerme con el barco, descubrí una puerta que llevaba hasta las hamacas de la tripulación. Sabiendo que no podría enfrentarme a ellos y ganar, cerré la puerta con la llave que había sustraído del camarote del capitán, adivinando su uso.

Una vez hecho esto, volví al camarote del capitán y esperé allí a que retornara. Sabiendo que no tendría forma de liberar a sus hombres, volví a acomodarme tranquilamente cuando entró y volvió a salir en busca de ayuda. Entonces volvió y comenzamos a negociar. Acordé con él, a punta de hacha, que me llevaría hasta la isla de Gont, a lo que accedió a cambio de que le liberase a él y a sus hombres.

El resto de la travesía discurrió sin novedad, utilizando los tres o cuatro encantamientos que había aprendido de Ogion para mantener la situación bajo control. Eso sí, procuré mantenerme fuera del alcance del piloto, que me daba muy mal cuerpo.

Terminé desembarcando en la isla de Gont, en la que me adentré buscando el palacio de los elfos. Lo cierto es que me perdí bastantes, bastantes veces por el inmenso bosque, hasta que llegué a un claro del bosque con una piedra en el medio que estaba seguro de no haber visto antes. Moví la piedra, y encontré ... ¡una esmeralda!. Ni qué decir tiene que me la guardé. Me apresté a ir al este, donde encontré el ansiado palacio de los elfos, aunque un río de lava me cortaba el camino. Más al oeste de allí encontré otra piedra y un agujero. Até la cuerda a la piedra y me descolgué hasta el fondo, encontrando unos polvos mágicos. Subí rápidamente por la cuerda, pues me dió la impresión de que había alguien vigilándome. Me apresté al ir a volver al palacio, y decidí que si había un momento para echar los polvos mágicos en el rio, era aquel mismo. Ya acostumbrado a este tipo de cosas, acepté como algo natural que apareciera un puente en mitad del rio. No esperé más para cruzar, encontrándome frente a una estatua, a la que, maldita sea, le faltaba una esmeralda igual a la que llevaba en el bolsillo. Suspirando, coloqué la esmeralda en su sitio, ni más ni menos que uno de los ojos de la estatua. Las puertas se abrieron, y, por fin, entré en el palacio de los elfos.

Lo primero que debieron pensar los elfos es que iba hecho un guarro, porque no permitieron que acudiera a su presencia hasta pasar por un proceso de limpieza, mediante un conjuro que hizo convocar un círculo de luz que me purificó y, a la postre, me despojó de todas mis posesiones, Y cuando digo todas, quiero decir todas. Menos mal que el Hoeg había salido corriendo antes de entrar en el palacio. Lástima, ya era como un amigo para mí, era de confianza. Snif.

Y entonces yo, el mas grande de los pecadores, o, como dicen en el extranjero, el mes gran dels pecadors , acudí a la presencia de los Magos Elfos.

Los elfos me decepcionaron un poco ... tampoco tenían ni idea del nombre de la bestia (anda que ...), aquel que, conociéndolo, me permitiría vencer. Afortunadamente, sí sabían de alguien que sabría el nombre, Jaurnaga el viejo ... ¡un dragón! ... que vivía en la isla de O. Me dijeron que un elfo, Linhir, me acompañaría en la empresa.

La verdad es que Linhir me cayó mal desde el principio. "Linhir de Habiland", sonaba realmente muy pretencioso. Además, no era especialmente amable o, incluso, hablador. Pero bueno, qué le iba a hacer.

Nos fuimos a dormir, y descubrí que en la habitación me habían puesto una espada. La cogí y me abracé a ella. Siempre había querido tener mi propia espada. Y desfacer entuertos y ... y ... pensado en estos temas, caí rendido sobre la cama, sin interrupción hasta el día siguiente, cuando me levantaron a base de porrazos en la puerta.

Los elfos deben comer más bien poco a juzgar por el desayuno que me pusieron, y es que, tras la frugal comida, casi sin tiempo a rebañar el plato, embarcamos en una pequeña embarcación, rumbo a la isla de O, desde la isla de Gont. Lo cierto es que aquello me sorprendió mucho ... la travesía había sido considerablemente larga, en barco, desde Beil hasta Gont, y había tanta o más distancia desde Gont hasta O. La respuesta a mi interrogante llegó cuando Linhir se puso a remar: debajo de aquella túnica afeminada había realmente un gran guerrero, al menos a juzgar por la fuerza que imprimía a los remos. Tardamos sólo cinco días en llegar, y Linhir, tan fresco. Eso sí, yo me negué a remar, sólo faltaba. Es más, me quité la típica túnica élfica afeminada para tomar el sol mientras Linhir remaba, con cara de pocos amigos, todo hay que decirlo. Al sexto día, mientras yo había vuelto a quitarme la túnica para tomar el sol, Linhir me avisaba de que habíamos avistado la isla. Así que, sin demasiadas ganas, me puse la túnica y desembarcamos. Y es que entre la velocidad del bote, y las olas que rompían en la playa, literalmente aterrizamos en la arena, quedando la barca en una posición tal que no tocaba el agua. Del porrazo que nos dimos me quedé sólo con la túnica aquella y la espada. Lo más gracioso de todo es que estábamos a dos pasos al oeste de un embarcadero. Si es que este Linhir está claro que no controla su fuerza ...

Marché hacia el embarcadero (Linhir me seguía allá donde fuera), y resultó haber otra barca allí. Pensé que podría ser útil para explorar la isla, así que me subí a ella para examinarla en profundidad. En ese momento apareció un Gebbet, a quien el bruto de Linhir ya se quería cargar (definitivamente, hay elfos inteligentes y otros que no lo son tanto, como en todas las razas). El Gebbet afirmaba ser el sirviente del dueño de la barca, y que no nos podía dejar subir porque su amo se enfadaría. Su amo resultó ser aquel a quien yo buscaba, pero no supo decirme dónde se encontraba. Lo cierto es que parecía tener pánico a que Jaurnaga se enfadase con él, aunque se veía que no estaba demasiado contento con el salario, ya que decía tener hambre.

Continué la exploración hacia el norte, donde encontré una cueva, de donde salía el río, que resultaba por tanto ser subterráneo. Aquello me intrigó, y decidí que aquel podría ser un punto interesante de exploración de la isla, si bien aquello reforzaba mi interés en la barca del amedrentado Gebbet. Desde allí hacia el este no encontré gran cosa, excepto un camino que terminaba abruptamente en la pared roca, donde había un mango de pala, que cogí, anotando mentalmente que alguien había enterrado algo allí. Retrocedí y, dándome cuenta de que la escarpada isla no me dejaba más posibilidades, avancé hacia el este, pero esta vez pegado a la playa, que continuaba en un sendero, donde por cierto, encontré una cuerda que me guardé para más adelante. Encontré algo interesante al final de la senda: un árbol. Pensando que podría orientarme desde allí, subí a su copa, y la desazón inundó mi alma: no había posibilidad de exploración más allá de aquel punto, ya que lo montañoso y lo escarpado de la isla lo desaconsejaban. La clave tenía que estar en aquella cueva desde la que desembocaba el río. Y en efecto, en esto pensaba recostado contra el tronco del árbol, mientras Linhir me dirigía su mirada interrogativa más inteligente. Necesitaba entrar en la cueva, y para eso necesitaba la barca. Y para la barca, necesitaba convencer al Gebbet de que me la prestase. Y fue entonces cuando me dí cuenta de que el árbol estaba cargado de frutos. Moví la rama en la que me encontraba, y pude recoger uno. Volví corriendo hacia el oeste para dárselos al Gebbet.

Al darle el fruto del árbol, el Gebbet decidió que ya que había sido capaz de alimentarle, me seguiría a mi en lugar de Jaurnaga. Pobrecillo, qué equivocado estaba. De todas formas, subí a la barca, para encontrarme que no tenía remos. Dado que tendría que remontar la corriente del río, pensé que era mejor poder contar con ellos, así que sería más razonable buscar un remo que arriesgarme a quedarme flotando en el mar, a la deriva, con un Gebbet hambriento y con Linhir y su interesante conversación.

La única pista que tenía era el callejón sin salida que formaban los cantiles, donde sabía que alguien había enterrado algo porque se había dejado el mango de una pala allí. Me dirigí hacia allá, pensando que podría montar una suerte de instrumento de excavación con el mango y el palo. Efectivamente, atando el mango al palo, con la cuerda que había encontrado antes, salí del paso, siendo capaz de excavar en aquel recodo de los cantiles, donde encontré un pergamino. Le dije al gebbet que lo leyera, revelando su contenido: frente a la pared oscura, había que decir "aldari". Recordando que había, efectivamente, una pared oscura al oeste, corrí frenético hacia allí, y con emoción, casi pensándolo más que diciéndolo, "ALDARI" salió del fondo de mi ser, abriéndose un pasadizo por el que llegué a la estancia de Sir Utanyeat de Falsari, según pude leer en un diario abandonado en una mesa. El caballero, obviamente había fracasado al enfrentarse al dragón, lo cuál no me ponía en una posición demasiado buena. En su armario, sin embargo, encontré un remo, que era lo que andaba buscando.

Volvimos a la barca, y le pedí a Linhir que cortase las amarras, y le entregué a Gebbet el remo, aunque no debía tener demasiadas ganas de trabajar, porque se hizo el sordo y tuve que insistir. Le ordené al Gebbet que remase y pronto entramos en la isla, por la famosa cueva que servía de desembocadura al río ... y accedimos a una amplia caverna.

Enseguida exploré aquella estancia. Hacia el oeste, había una especie de establo ... no me dejé engañar por las apariencias, descubrí una trampilla. Le dije al Gebbet que la abriera, y con su sutileza característica, la arrancó de cuajo. Le dí las gracias y bajé hasta una estancia subterránea donde encontré una herradura ... ¡de oro!.

Volví a la caverna principal y proseguí mi exploración, descubriendo una segunda estancia al noreste. En ella había un altar sobre el que descansaba una armadura alada. Algún tipo de magia repelía cualquier posibilidad de tomar la armadura, aunque parecía claro que si habría alguna forma de poder derrotar al dragón, sería con la ayuda de aquella armadura. En el altar había un cuenco para ofrendas, donde, no sin reticencias, deposité la herradura recien adquirida. Desapareció (¡maldita sea!) y por fin pude tomar la armadura, que me puse encima para mi protección.

De nuevo en la caverna principal, me encaminé hacia el norte, donde había un pasadizo con una verja. Estaba claro que aquella verja separaba la guarida del gran dragón del resto del mundo. Acomodándome la armadura, y no sin dejar de sentir cierta opresión en el pecho, me dirigí hacia ella, y abriéndola mediante el movimiento de una manivela en la pared, penetré en su interior. Para mi terror, la verja se cerró al pasar yo, separándome del Gebbet y de Linhir, quienes ya no podrían ayudarme.

Me encontraba entonces en un pozo vertical, cuya única salida era un pasadizo en su parte superior. Aprovechando la armadura alada, volé hasta allí arriba, donde empezaba a sentir cierto acoj .. acongojo, puesto que el calor era tan fuerte que derritió las alas de mi armadura. Sin embargo, entré, para descubrir al dragón (no sin cierto alivio) con una gran lanza hendida en su costado, herida que provocaría la muerte en breve del dragón. Dado que estaba moribundo, pensé que podría decirme el nombre que tanto buscaba antes de que se perdiera por siempre y la sombra se apoderara del mundo. Me sentí un poco estúpido cuando le dije "hola", pero él ya sospechaba quién era yo. Le confirmé su deducción, y entonces me preguntó algo que me sorprendió mucho ... ¿quién había liberado a la bestia?. "El viejales lo hizo" -pensé yo-, y por su culpa estoy metido en este lío. Dije "Ogion", que era el nombre del mago, y entonces el dragón me contestó que el nombre que eliminaría a la bestia sería "Noigo". No pude evitar pensar algo así como que ¡vaya chorrada de magos!. Eso se me podría haber ocurrido a mí solo. Sin embargo, el dragón hizo algo más: me transportó al limbo, donde me encontraría con la bestia y la derrotaría. Con la inseguridad subiendo de la boca del estómago a mi garganta, me vi transportado al limbo ...

Enseguida la sombra reparó en mi, nada más entrar en el limbo. Sin esperar a darle una sola oportunidad, del fondo de mi alma, más que diciéndolo, pensándolo para mí, salió "NOIGO", con toda la fuerza que el tembleque de mis piernas podía generar. Afortunadamente, resultó ser esa la clave para acabar con la sombra, ya que ésta se disolvió en la nada. Menos mal.

La salida del Limbo fue mucho menos elegante que la llegada: aterricé de nuevo en la isla de O, sobre mi real trasero. Gebbet y Linhir, quienes habían salido ya de la gruta, me ayudaron a levantarme, para volver a montarnos en la barca que nos llevaría, a todos, a casa.

...

Ged retomó la zarzaparrilla que había dejado apartada mientras contaba su historia. Todos sus amigos ladrones le rodeaban y miraban con interés y entusiasmo. Ahora que ya no tenía trabajo, había vuelto a su antiguo oficio, sacando partido de sus nuevas habilidades aprendidas con el viejales (el mago Ogion).

De repente, uno de sus amigos, Gort, que había escuchado la historia con atención pero con el ceño fruncido constantemente, le espetó:
"Pero ... vamos a ver. Todas esas aventuras ... ¿y no te quedas con la chica? ... ¿no te has vuelto millonario? ... ¿salvas el mundo ...y ya está?

Ged frunció el ceño, a su vez, y dijo, muy serio, como meditando cada una de sus palabras: "recuerda, Gort, que esto es el mundo real".

Baltasar el Arquero